Silencio en la biblioteca

Todavía no hay que pedir silencio en la biblioteca. Es una sensación rara, inédita, pues el hecho de demandar discreción en una sala infantil resulta más que cotidiano. Quizá sea exagerado catalogarlo de acto reflejo, pero hagamos un ejercicio de abstracción y denominémoslo así, tan solo por recordar viejos tiempos. 

Viejos tiempos… Referirse de esa manera a hace tan solo siete meses, con tan vetusta etiqueta, no nos parece descabellado por mucho que debiera serlo. Admitimos que tendría que ser así, una descripción disparatada, al mismo tiempo que reconocemos que se trata de una época pretérita a la que hoy vivimos. Sí: por mucho que nos pese, nuestra forma de existir hoy es distinta a aquella.

No obstante, una institución como la biblioteca está curtida en este tipo de cambios. Ya ha sobrevivido a etapas complicadas y a otras tantas vejaciones a lo largo del transcurso de la historia: demasiada experiencia ante la adversidad como para detenerse ahora. Ni puede ni debe hacerlo. El acceso a la cultura y el deber de difundir la información cabal, y no esos bulos ni realidades a la carta que son nuestro menú del día porque gustan tanto a quienes se los tragan como a los que se los sirven, es un bien innegociable e insustituible. Así debe entenderse, así se entiende en la biblioteca y así lo entienden todos los que trabajan en ella.

Silencio en la biblioteca